
Santiago, Tuxtla. Dos de la tarde. -¡Por fin recuerdo el camino para llegar al centro!- sigo caminando. El día está nebuloso y llovizna. Hace frío y me cubro con mis brazos, a pesar de tanto harapo. -Ya casi llego- pienso. Emocionada, temblorosa y a prisa estoy a punto de doblar en una esquina del callejón: la tiendita de enfrente. -Si, de ahí a la derecha y subo... siento unos pasos detrás y camino más rápido entre la brisa del frío:
-Mariquita! -Esa voz, tú voz- tiemblas de frío cuando me puedes abrazar- te escucho y veo que al decirme aquellas palabras extiendes tus brazos, con tu sonrisa pícara y tu estatura, tus ropas flojas, tu cabello...
Volteo, te miro, y dentro de mí, mi corazón sonríe, también te abrazo, voy hacia ti:
-Pensé que ya no me querías- te dije mientras acariciaba tu hombro y nos recargábamos en la pared de una casa color rosa. Aún te respiraba, el aroma de tu cuello, tu pelo... creí escuchar que me respondías...
Se escuchan las mañanitas, sube mi hermana a la habitación: -Feliz cumpleaños María!-.
Estoy recostada en la cama, rodeada de cobijas y temblando también. No es Santiago pero hace frío, no son los callejones húmedos en los que me perdía, es la casa. No son tus abrazos, ni tu voz, sólo es mi hermana:
-Recuerdo aquél día que naciste, tanto tiempo...
Su voz se desvanecía en mi cabeza, mientras trataba de recordar aquél rodeo, tus palabras... y el suspenso de aquello que me fatigaba, y que al verte sigo esperando... quisiera volver a esos callejones y que me dijeras... ¿A donde me llevarías después?